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La última puerta
Presentación del libro

Creo que Estela Smania no necesita presentación. Su vastísima obra, tanto en el ámbito de la literatura infanto juvenil - Girasol al sol, Pido Gancho I y Pido gancho II- como sus libros de cuentos –Triste Eros-, de poemas –Otoño, Intemperie- y sus novelas –Los malaventurados- por citar solo algunos títulos, son conocidos por todos nosotros, del mismo modo que la innumerable cantidad de premios, nacionales e internacionales, que distinguieron su obra, entre los cuales me permito recordar el Premio Luis de Tejeda en narrativa y en poesía, la Mención en el Premio Internacional Casa de las Américas o el Premio Nacional Leopoldo Lugones.

La obra de Estela Smania impacta, ante todo, por la fuerza de sus personajes y la originalidad en el tratamiento de los temas, que permean a través de una escritura donde la palabra encubre y descubre, enmascara y revela.

Su literatura despliega una poética que tensiona y subvierte los mandatos culturales tradicionales y construye universos narrativos potentes y desestabilizadores.

La vejez, las relaciones familiares, el amor, la amistad, el deseo, son temas de recorren sus ficciones con un tratamiento particular, desde una mirada que pone al descubierto costados escabrosos o inesperados. El incesto, la homosexualidad, el erotismo incluso durante la vejez, la incomunicación, la represión, se encarnan en tramas narrativas que muestran el reverso de situaciones legitimadas y ponen en crisis la estabilidad de un sistema.

El juego con diferentes voces narrativas, con la superposición de planos de enunciación, con los tiempos verbales, organiza desde lo discursivo lugares de posicionamiento que cuestionan la materia de lo dado y pulverizan los espacios construidos por la tradición cultural.

Los personajes de sus cuentos y novelas se ubican en situaciones de sometimiento para, a partir de allí, producir una ruptura. Así Ángela, en “Un manso trabajo”, la mañana de marzo en que decide sentarse y no hacer nada más hasta el día de su muerte; o la protagonista de “Amor mío”, al abandonar a su esposo por “un amor loco, excesivo (...) y seguramente sin futuro”; o la tía Kela, huyendo de la prisión familiar en busca de su amor prohibido, la mujer desconocida de la foto, todos cuentos de Triste Eros.

Los quiebres sin embargo, instalan una tensión que se revela muchas veces a través de la fragmentación y la disolución. En “Cuerpo en silencio”, por ejemplo, el abuso sexual, el incesto y la represión proyectan sobre el cuerpo de Clara Hiller las marcas que determinan su rebelión pero también su autodestrucción.

En La última puerta, la novela que hoy nos convoca, a través de la historia de un grupo de ancianos en un geriátrico y el maltrato que sufren por parte de las autoridades, se construye una narración que denuncia una situación muy común en nuestra sociedad. Sin embargo, la novela construye un universo ficcional donde la historia se constituye en punto de anclaje para el despliegue de una serie de líneas que apuestan al desmontaje de los supuestos y de los lugares comunes.

Los “veinte viejos esperando lo peor”, unidos por la soledad y el abandono, sometidos al maltrato psicológico y físico por las autoridades de la institución, esperan, en un entre lugar, un espacio suspendido entre el exterior, el mundo, la vida, y el espacio inconmensurable de la eternidad. Sin embargo, los personajes del relato rompen con la pasividad que les asigna la estructura social: los residentes piensan, sienten, actúan, y de este modo ponen en funcionamiento un contrasistema de resistencia.
La última puerta tiene múltiples lecturas posibles. Una de esas posibilidades, creo, es pensarla como una novela de los límites: límites –puertas- que cierran, clausuran y oprimen, pero que al mismo tiempo operan como pivotes a partir de los cuales se abre la posibilidad de transgredir, derribar, para pasar al otro lado y alcanzar algún modo de liberación.
En el relato, las rupturas con lo establecido toman múltiples modos de manifestación. La rebelión de los residentes se constituye en el punto culminante de un proceso donde el deseo se extiende como una corriente subterránea que moviliza las fuerzas y subvierte la idea de la pasividad como una condición natural en la vejez. El deseo aflora en la voluptuosidad de los ancianos, desde el brillo que se enciende en sus ojos ante la comida o el placer que les produce el contacto físico, hasta la concreción de la relación sexual donde “el asombro y el gozo” desmienten cualquier tipo de claudicación.

Por otra parte, no es casual que la voz narrativa sea la de una mujer. Los personajes femeninos en la novela tienen, como en toda la obra de Estela Smania, una fuerza particular para generar transformaciones. El relato marca un punto de inflexión a partir del cual las mujeres, desde un lugar de subordinación a las normas del sistema patriarcal, asumen una posición de igualdad con los hombres para rebelarse contra la injusticia.

El discurso de Paulina se desplaza entre el yo y el nosotros y en ese movimiento va dando cuenta de la conformación de un sujeto colectivo que, en un momento determinado, reacciona y produce una ruptura en esa situación de inercia. Los “veinte viejos esperando lo peor”, en una suerte de limbo, se transforman en “conjurados” para llevar a cabo el “operativo” de destrucción de los medicamentos vencidos. La violación de la puerta de la farmacia significa una inversión: el paso de la pasividad a la actividad, de la espera a la acción, de la resignación a la resistencia.

La rebelión constituye el final de un proceso por el cual los sujetos individuales se transforman en un sujeto colectivo que destruye la estructura de poder que los oprime, materializada en el cuerpo largamente odiado de la Negra: “Éramos un grupo, una conciencia ancha que dirigía las acciones sin censura.”; “Nos convencimos de que una fuerza superior había obrado por todos. Y así fue, sin duda. Ninguno, por separado, hubiera sido capaz.”

La voz de Paulina se convierte en la voz del grupo, su relato reconstruye, a partir de la memoria individual, una memoria colectiva y rompe con el silencio que sostiene la impunidad; denuncia y, al mismo tiempo, permite una forma de comunicación con el otro y establece un modo de asirse a la vida.
La última puerta es una historia de la vejez y el desamparo, pero es también un relato donde la amistad, la solidaridad e incluso la pasión son posibles y se constituyen en pilares para la experiencia vital. Los vínculos que se establecen entre los internos dejan al descubierto lo mejor del ser humano y abren camino a una concepción esperanzada, para nada ingenua, por cierto, que revela aspectos diversos de la compleja condición humana.

A través del relato, se reconstruye el proceso “largo y penoso” de los hechos como un modo de “desbrozar el camino hacia la verdad”, una verdad que no es unívoca ni objetiva y que, según afirma Paulina, “sólo se alcanza a través de una alteración intensa.”
Paulina narra y se narra a través del discurso y, por debajo o a través de su relato se entreteje una textualidad que organiza una visión de mundo crítica y comprometida.

La frase que lee Paulina en la biblioteca -“...bailando sobre un hilo por encima de la muerte”-, caracteriza la etapa de la vejez pero determina también la apuesta por una actitud existencial donde el riesgo y la resistencia son siempre posibles.

Con una composición narrativa impecable, un lenguaje preciso, y un manejo inteligente de los recursos narrativos, la escritura de Estela Smania da cuenta, una vez más, de su capacidad para crear ficciones a la vez inquietantes y conmovedoras. Del mismo modo que se transforman los personajes de la novela, se transforma el lector durante la lectura, porque leer esta novela significa el ingreso a un lugar donde la fuerza de la escritura interpela, convoca y moviliza.

En este sentido, La última puerta se constituye en un texto de goce en el setido de Roland Barthes: “el que pone en estado de pérdida, desacomoda,(...) hace vacilar los fundamentos históricos, culturales, psicológicos del lector, (...) pone en crisis su relación con el lenguaje” (Barthes: 25).

Liliana Tozzi




Una poética de los límites. Acerca de La última puerta, de Estela Smania[1]

Ponencia


Resumen
En este artículo me propongo abordar el tema de la nostalgia en La última puerta de Estela Smania. El trabajo se focaliza en los modos en que se inscribe la nostalgia en el texto, en estrecha vinculación con la vejez y la imposición del poder dentro del espacio cerrado de un geriátrico, donde las puertas constituyen una representación del límite infranqueable con un pasado que solo es posible recuperar a través de restos o fragmentos. Me interesa analizar de qué manera la memoria y el deseo de ese pasado reelaborado se constituyen en punto de anclaje para la posibilidad de resistir a la pasividad y modificar el presente.


Abstract
In this article I attempt to address the topic of nostalgia in La última puerta by Estela Smania. The work focuses on the ways nostalgia permeates the text in its close association with old age and imposition of power within the intimate environment of an old people's house, where doors represent the insurmountable barrier to a past life that can only be recovered through remains or fragments. I want to analyze how memory and wish of such re-elaborated past become the anchor of the possibility of resisting passiveness and modifying the present.

La resistencia ante la arbitrariedad del poder, la consolidación de los vínculos con el otro, el amor y el erotismo durante la vejez, la memoria y el olvido, son algunas de las líneas temáticas que se tejen en La última puerta (2004)[2], de Estela Smania, a través de la historia de un grupo de ancianos en un geriátrico y del maltrato que sufren por parte de las autoridades. El recuerdo de lo perdido y el deseo imposible de recuperación se elaboran a través de un sentimiento de nostalgia que permea a lo largo del relato de la protagonista e intensifica el contraste entre el pasado y el presente, el afuera y el adentro, la realidad y el deseo.

En el ámbito cerrado y hostil del geriátrico, las puertas que separan el interior del exterior materializan el aislamiento temporal, espacial y social de los internos; la memoria establece un modo de vinculación con el pasado, pero también con el mundo exterior, del cual los personajes se sienten inevitable e injustamente expulsados. En este marco, la nostalgia se presenta en el texto como un modo de trasponer el límite, de recuperar la dimensión espacio temporal de un antes y un afuera, a través del recuerdo y el deseo, pero además se constituye en un punto de anclaje para modificar el presente.


La última puerta: de la pasividad al estallido /entre la memoria y el deseo
Paulina, la protagonista de la novela, relata ante un joven funcionario judicial que le toma declaración, los hechos sucedidos en el geriátrico donde vive y los abusos sufridos por los internos, que han culminado con el crimen de la Negra, la enfermera que los maltrata. La casa antigua, en condiciones de semi-abandono, adonde han ido a parar veinte ancianos sin familia, cuyas pensiones o jubilaciones mínimas cobra el Dr. Ibáñez, encargado de la administración, se construye como un espacio de exclusión, un ámbito donde la capacidad de resistencia humana se lleva hasta el límite de lo tolerable. Golpes, privación de alimentos, medicamentos vencidos, falta de calefacción en invierno, son algunas de las formas que adopta el maltrato físico y psicológico que se ejerce sobre los internos. Sometidos a la arbitrariedad de un poder que los excede, ellos esperan en un entre lugar suspendido entre el exterior -el mundo, la vida- y el espacio inconmensurable de la eternidad. Sin embargo, lejos de resignarse a la pasividad, los personajes del relato piensan, sienten, actúan y, de este modo, resisten. La situación de opresión crea una atmósfera cada vez más densa, desarrolla una tensión que estalla finalmente en tragedia con el crimen de la Negra, crimen que se consuma como un acto sacrificial que restituye el equilibrio: “No hubo ningún plan. No sé quién asestó el primer golpe ni interesa para el caso, créame. De lo que estoy bien segura es de que ninguno quedó afuera.” (70); “Nos convencimos de que una fuerza superior había obrado por todos. Y así fue, sin duda. Ninguno, por separado, hubiera sido capaz.”(73).

En la declaración que realiza Paulina ante el funcionario hay un intento por hacer presente lo ausente; la intención manifiesta de la narradora protagonista por “desbrozar el camino hacia la verdad” se constituye en un intento por reconstruir el pasado a partir de los fragmentos:

Yo le voy a contar lo que sé de este asunto, pero sin apuro, a medida que la memoria se desoville y me lance, a su arbitrio, algunos cabos de dónde asirme. Los recuerdos son así a esta edad, vienen sin que una los llame y se pierden sin que una los eche, caprichosos y obstinados. Pero sobre todo fragmentarios… (11)

En el relato de Paulina, la actualización del pasado intenta transmitir, más allá de los hechos, la atmósfera, las sensaciones de los internos, sus sentimientos, para hacer comprender el modo en que la tragedia se desencadena, como consecuencia inevitable de un proceso. Paulina cuenta para hacer conocer, pero ese conocimiento implica necesariamente la comprensión de una lógica que trasciende lo racional. El encadenamiento de los hechos está ligado indisolublemente a la comprensión del proceso interno de los protagonistas y del vínculo que se establece entre ellos ante la opresión que sufren y que se materializa a través del maltrato de la Negra. En la vida de los internos, la presencia de la nostalgia opera como una de las formas de construcción de la memoria y se constituye en elemento esencial para comprender su situación existencial: arrojados a ese universo cerrado “para siempre”, el recuerdo se convierte en el único lazo con el exterior y con el pasado. La suspensión temporal y la reconstrucción ficcional operan como un modo de explicar el presente y como un punto de anclaje para operar sobre él.

El Diccionario de la Real Academia Española define la nostalgia como “tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida” (RAE 2006). Greimás, en su análisis semántico-léxico del término, destaca dos condiciones complementarias: “la suspensión del vínculo temporal que lo ata al pasado y el vaciamiento del objeto de valor”, y agrega que el sujeto del querer, en su búsqueda de esa dicha melancólica que implica la nostalgia, “goza de una cierta libertad en la elección de los valores con los que alimentará su imaginario”. (Hénault, 2003).

En el texto, las puertas constituyen una representación del límite infranqueable con un pasado que solo es posible recuperar a través de restos o fragmentos. De allí la importancia que adquieren los objetos -que los internos guardan celosamente para preservarlos de las requisas de la Negra- como materialización testimonial del recuerdo, como los residuos de lo que fue y ya no es. Así, Augusto conserva el alfil de filigrana que le había regalado Karpov, su maestro de ajedrez –“él me enseñó que el ajedrez permite hacer planes, tomar decisiones y soportar el fracaso” (21)-; Elena guarda un broche que recuerda tiempos de esplendor, una “reliquia familiar” que conserva las huellas de un pasado más próspero y feliz.

La nostalgia proyecta el pasado sobre el presente, a partir de una fusión entre recuerdo y deseo, a través de una operación que actualiza y al mismo tiempo reconstruye el momento, los seres o las cosas que se añoran. En este sentido, los objetos que conservan los internos en el geriátrico se resignifican y asumen los valores de los cuales el sujeto ha sido despojado. En el caso de Paulina, que ha sido bibliotecaria, la nostalgia por la palabra escrita se materializa en el cuaderno y el lápiz que oculta de la mirada de la Negra. Cuando logra ingresar a la biblioteca del geriátrico, de la mano de Miguel, Paulina mira y toca los libros con la melancolía de lo que se desea y ya no se puede poseer:

…no puedo evitar, ni quiero, que mis dedos se deslicen ahora por los lomos de todos los libros que quisiera leer, que mis dedos, como los de Ana, ojos y tentáculos, gocen con la reconocible, con la inolvidable aspereza. ¿Qué hacen allí Mallea y Borges?
-Cuántos años de archivar, de clasificar, de compilar, ¿no, Paulina? –dice Miguel Correas.
-Toda una vida. Antes vivía para leer, ahora quisiera leer para vivir –digo yo. (52)

La relación entre la lectura y la vida marca otro modo de trasponer el límite que impone el encierro, puesto que el aislamiento espacial impone la exclusión de la historia y de la vida. Cuando Paulina recorre las calles, luego de haber terminado su declaración ante el funcionario, expresa: “Yo abría la ventanilla para ver la ciudad que era la mía y que me había expulsado como a un huésped indeseable”. (74)

Otros personajes que incorporan la nostalgia como modo de sostenerse son las mellizas García Toledo, que llegan con su criada Francisca para ocupar la pieza de Rosa después de su muerte[3]. Provienen de una familia acomodada en decadencia cuyos valores se empeñan en conservar, a través de objetos -abanicos, portarretratos, camisones- que representan los tesoros rescatados del olvido. Las hermanas son idénticas, y el vínculo que existe entre ellas quiebra la sensación de soledad; el diálogo opera como disparador para el recuerdo nostálgico que les permite recuperar lo vivido a través de la memoria. En estos personajes, a la decadencia que produce la vejez se une el descenso económico y social. Como afirma Paulina, a quien “las melli” no le caen muy bien: “…no voy a negar que como la vejez une, las melli, a veces, me dan un poco de lástima. Es que van perdiendo día a día los rastros de un pasado opulento, abarrotado de sombreros y peinetas, de chales y de pieles, de camafeos y de perlas.” (59). En la decadencia de las gemelas es posible leer la de una clase social de la Argentina, que intenta sostener su esplendor a través de la construcción nostálgica del pasado.

En La última puerta, la juventud, la infancia, la prosperidad material, el amor, se configuran como valores perdidos, que intentan recuperarse a través del recuerdo fragmentado, de los restos materiales o de las huellas que permanecen en el cuerpo. La presencia del cuerpo como lugar de inscripción del pasado es recurrente en el texto. Por ejemplo, en la descripción de Castillo:

Debe haber sido corpulento el pobre Castillo, ahora venido a menos por los años y por la falta de comida. Me parece que fue gordo alguna vez, digo, por los pliegues de la papada, las ojeras. Castillo lo ha perdido todo menos esos colgajos. Están allí como restos de su vida pasada, y seguramente mejor, cuando era carnicero. (20)

Otros ejemplos son los pies de Carmen: “A mí se me ocurre que es posible leer en los pies de Carmen la historia de Carmen. Mirá que habrás caminado, Carmen, cuando eras maestra rural en El Fortín” (17), o el cuerpo de Lea, con los tatuajes que testimonian el horror de los campos de concentración nazis y su huida a través de los Pirineos. En relación con la nostalgia, el cuerpo también se construye como el lugar del placer que se intenta revivir. Es el caso de Rosa, ex regenta de un prostíbulo, que reía y sentía la vida “entre las piernas”:

En los últimos tiempos, ya medio perdida, se paraba frente al televisor y discutía con los conductores y con los invitados de los programas con la soltura de quien lo ha vivido todo. Los insultaba, les insultaba a la madre y a todos los parientes, les hacía gestos obscenos, escupía el suelo, y con la punta del pie frotaba el escupitajo en señal de desafío. ¡Era para verla! Después lloraba, se tocaba allí mismo, y se quejaba de que los años la habían secado. Todo se seca, se lamentaba Rosa, hasta las lágrimas se le secan a una… (23-24)

En el caso de Paulina, la relación sexual con Miguel Correas, la noche de Navidad, permite compensar –al menos en parte- las carencias del pasado. Paulina recuerda su juventud con la nostalgia por la belleza perdida y por los proyectos personales que no pudo concretar: una pareja, hijos, una familia. La presión que ejerció sobre ella la figura de su madre, una mujer absorbente y posesiva que, con el paso del tiempo, se convirtió en “una hija malcriada” (25). A través de la relación que inicia con Miguel Correas, y la práctica del sexo en esta etapa de su vida, Paulina concreta una suerte de reparación: “Cuando caen al piso la blusa y la pollera, a través de los ojos de Miguel me siento hermosa por primera vez en mi vida. Me dejo llevar hasta la cama. Nos acostamos, mirándonos. Nos acariciamos sin ansias, pero sin que el asombro y el gozo estén ausentes”. (69)

El cuerpo es el territorio donde confluyen la vida y la muerte. La nostalgia se manifiesta en el intento de recuperar la voluntad de goce y es por ello que no se constituye como la añoranza pasiva de los bienes perdidos sino que se traslada al presente y genera la voluntad de transformación. A lo largo del proceso que culmina con la rebelión de los residentes, el deseo se extiende como una corriente subterránea que moviliza las fuerzas y subvierte la idea de la pasividad como una condición natural en la vejez. Aflora en la voluptuosidad de los ancianos, desde el brillo que se enciende en sus ojos ante la comida o el placer que les produce el contacto físico, hasta la concreción de la relación sexual donde “el asombro y el gozo” desmienten cualquier tipo de claudicación.

En el acto ritual que se consuma con la muerte de la Negra, la presencia de los objetos y del cuerpo adquieren un nuevo sentido:

Pusimos nuestras señas particulares, no ya sobre un cuerpo vivo sino sobre un cadáver. Elena prendió sobre su pecho la mosca dorada, de eso me acuerdo bien. Las mellizas le colocaron sobre la cabeza una corona de azahares. Francisca coloreó sus pómulos y alisó sus cabellos que eran más largos que lo que la cofia dejaba adivinar. Creo que fue Ana la que le juntó las manos como quien reza. Tuvo que atarlas porque ya estaban endurecidas por la muerte. Lea le tatuó en las muñecas y en los tobillos unas pulseras con motivos geométricos. Augusto, Rafael y los otros limpiaban (…) A mí me tocaba rociarla con solvente, pero Elba me detuvo, se negó a que la hiciéramos desaparecer: Es mejor enterrar el cuerpo, dijo Elba, y todos estuvimos de acuerdo. (72)[4]

Los objetos, resignificados con la carga semántica de los valores perdidos y añorados, se trasladan hacia el cuerpo del adversario sacrificado. De este modo, adquieren el carácter de “señas particulares”, que cada uno deja sobre el cuerpo, como marcas de su acción sobre él. El ritual de la muerte sacrificial restablece el equilibrio. La muerte de la Negra produce una suspensión de la propia muerte[5].

Para concluir, podemos afirmar que en ese ámbito de aislamiento adonde han sido arrojados los personajes por una sociedad que los excluye, la nostalgia se presenta como un modo de proyectar sobre el presente un pasado que se ha perdido –un modo de hacer presente lo ausente- pero implica, además, uno de los modos de trasponer los límites y de operar sobre el presente para modificarlo. En este sentido, permite un modo de recuperación del lazo con la vida.

Liliana Tozzi


Bibliografía

Bessière, Jean. “Las dificultades de la literatura y la memoria”. Conferencia presentada en la Facultad de Lenguas. Córdoba, UNC, 2004, (en prensa).
Diccionario de la lengua española. Vigésima segunda edición. 2006. www.rae.es. On line.
Greimás, Algirdas Julián. “De la nostalgia: estudio de semántica léxica”. En Hénault, Anne (dir.): Questions de sémiotique. Paris: PUF, 2002. Publicado originalmente en el Nº 39 de las Actes Sémiotiques-Bulletin, 1986. Traducción de Eduardo Serrano Orejuela.
Ricoeur, Paul. “Definición de la memoria desde un punto de vista filosófico”. En AAVV. ¿Por qué recordar? Foro internacional Memoria e Historia. Unesco, 25, Marzo, 1998. La Sorbonne, 26, Marzo, 1998. Barcelona: Granica, 2002, p. 24-28.
Smania, Estela. La última puerta. Córdoba: Editorial Alción, 2004.


Liliana Tozzi

Curriculum breve

Es Profesora y Licenciada en Letras y prepara su tesis de Doctorado en Ciencias del Lenguaje con mención en Culturas y Literaturas Comparadas en la Facultad de Lenguas. UNC. Actualmente, se desempeña como docente en las cátedras de Teoría y práctica de la investigación y Metodología de la investigación literaria, en la Facultad de Lenguas (UNC). Ex becaria de Conicet. Ha sido miembro y co-directora de equipos de investigación. Actualmente es co-directora del Proyecto “Migrancias culturales. Diálogos entre el Mediterráneo, América y el Caribe” e integrante del proyecto “El lugar del lenguaje en el proceso de producción y de comunicación de los conocimientos científicos”. Ha dictado cursos de perfeccionamiento docente y ha participado como expositora en Congresos y encuentros científicos. Ha publicado artículos y ensayos en revistas y publicaciones especializadas. Trabaja también en gestión cultural y producción editorial en el Instituto Italiano de Cultura de Córdoba. Como narradora, integra el proyecto Decamerón cordobés.


[1] Artículo publicado en: En Revista de Literaturas y culturas comparadas. Vol. II. Centro de Investigación en Literatura y Cultura. Facultad de Lenguas. UNC. ISBN: 13-978-987-563-224-0.
[2] Smania, estela. La última puerta. Córdoba, Alción editora, 2004. Todas las citas de la novela se realizan seguidas del número de página entre paréntesis.
[3] Numerosos indicios permiten suponer que la muerte de Rosa no fue consecuencia de “la vejez”, como afirma la Negra, sino provocada por las mismas autoridades del geriátrico. Una de las razones sería dejar el cuarto libre para las hermanas García Toledo, quienes llegan recomendadas por un político importante.
[4] Cabe aclarar que los hijos de Elba fueron secuestrados durante la etapa de la dictadura militar en Argentina y pasaron a engrosar la lista de desaparecidos. De ahí la importancia que adquiere la alusión al entierro del cuerpo.
[5] El tema de la muerte de la Negra como sacrificio humano requiere de un estudio profundo y amplio, que excede los límites de este trabajo.





Sobre La última Puerta

Querida Estela, la verdad que tus textos siempre me sorprenden por lo variado de sus temas –aunque algunos escritores sostienen que, en realidad, siempre se escribe sobre lo mismo- y los no pocos méritos en su construcción.

Con una primera y rápida lectura, hice unas anotaciones a modo de disparadores, quizás para una futura ponencia, y que comparto con vos un poco haciendo caso a las enseñanzas del maestro ruso, Mijail Bajtín, quien describió y alentó la tarea responsiva (de respuesta y de responsabilidad) del lector.

Menciono los distintos niveles del texto que vi y que dan fuerza a ese final que parece decirnos que aún hoy, en este mundo plagado de injusticias, desigualdades, donde se habla del fin de todo y de la muerte de los grandes relatos y donde la individualidad se cultiva de manera patológica ( si no mirá, en la medida en que lo soportes, Gran Hermano o cualquier quiosco de revistas) son posibles las acciones colectivas de resistencia frente al poder opresivo, la unión por sobre las diferencias, cifrada en La última puerta en ese intertexto productivo de Fuenteovejuna: “fuimos todos”.

En primer lugar, la elección de la voz narrativa y el punto de vista (Paulina), lugar de articulación clave en la creación de la intriga y el suspenso, espacio intersticial donde se juega lo que se dice (mentiras- verdades) y lo que se calla y que viene a poner el dedo en llaga nunca cicatrizante del tema de la verdad; en este sentido me parece un acierto clave el pasaje que sigue: “Él [funcionario que toma declaración a Paulina]pareció darse cuenta de que ya no me inspiraba recelo, y dijo como hablando solo, pero con la clara intención de alentarme, algo así como que la verdad es múltiple aunque parezca una” (41- 42). Y el anverso que se recorta al mismo tiempo y que merece todo un análisis es el tema del silencio que tiene más de una arista. Y ese final en el que el relato se desplaza de un yo a un colectivo es la posibilidad de trascender o de conjurar el más allá de la última puerta.

Luego, me interesaron una serie de motivos y tópicos…la última puerta…la puerta como espacio fronterizo entre el adentro (muerte/ encierro) y afuera (vida) que plantea inclusiones y exclusiones- expulsiones. Así el cuerpo del viejo, “huésped indeseable”, ser marginal, extranjero, canaliza la violencia de un Estado que abandona a la corrupción y al cálculo monetario la vida del anciano. Creo que hay un texto de Balandier sobre los sujetos que generan “desorden” en la sociedad, los marginales, los abyectos: incluye a los niños, a las mujeres, los viejos y creería que al travesti,,,

También me pareció genial el relato casi freudiano que hace Paulina del asesinato de la Negra, como purificación ritual que permite una regeneración superadora de la fragmentación de la comunidad, donde el realismo de la descripción entronca con el género policial.

La reescritura del policial y la presencia sutil pero necesaria del pasado reciente a través de la historia de Elba y la decisión de no hacer desaparecer el cuerpo de la Negra sino de enterrarlo, buenísimo. Con respecto a esto veo como un acierto también la mención del nombre propio de la Negra.

Hay ética en la creación; ética estética en todos los niveles y eso es muy valioso; para mí si no existe eso, no es literatura, si no hay, al menos en un nivel recóndito de la escritura esa ética, aunque más no sea por omisión (pienso en Villa de Gusmán, por ejemplo), si no va a contrapelo de lo hegemónico, si no denuncia…

En fin…pienso que este texto tiene esos dos condimentos, es estéticamente y éticamente bello.

Espero que continúes produciendo y que sepas que siempre es un placer leer tus textos.
Un abrazo


Laura Fandiño - (Lic. en Letras. UNC)

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