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Fragmentos de la Obra
 
  Fragmentos del libro La última puerta

“Hasta aquí llegó la vida, dices, y tu dedo toca el muro.
Hasta aquí llegó la muerte, dices, y señalas el dintel.
Y ya no sabes si estás del lado de las sombras o del lado de la luz.”
Horacio Castillo (“Excavaciones”)


No me apure si quiere saber toda la verdad. Comprenderá que es una hora desusada para mis hábitos y, por tanto, para mostrarme todo lo serena que la ocasión requiere. Mire si no el temblor de mis manos. Yo le voy a contar lo que sé de este asunto, pero sin apuro, a medida que la memoria se desoville y me lance, a su arbitrio, algunos cabos de dónde asirme. Los recuerdos son así a esta edad, vienen sin que una los llame y se pierden sin que una los eche, caprichosos y obstinados. Pero sobre todo fragmentarios: a veces, astillas que se clavan en las zonas más sensibles del cuerpo; a veces, hebras ligeras que se lleva el viento al menor descuido. Por otra parte, las cosas no sucedieron de una vez. Fueron sucediendo, día tras día, hasta el desenlace final, lo menos trascendente de esta historia. ¿Me entiende usted? Lo que trato de decir, es que fue un proceso largo y penoso, y dentro de ese espacio que llamamos tiempo hubo hechos y hubo horas muertas.
Así empecé a decirle. Lo de las manos no fue más que un embuste, siempre las tengo así de tembleques, ahora mismo. Él me escuchaba recostado sobre el sillón o inclinándose sobre el escritorio para oír mejor, calculo. Es que mi voz no se oía por momentos, debilitada por el cansancio, quizá; quizá, por la costumbre de no hablar tanto. Era un hombre joven, demasiado, tal vez, para su función. Pensar eso me distrajo. Me pregunté si tendría la suficiente experiencia para comprender los matices entre lo negro y lo blanco, entre lo bueno y lo malo, para desbrozar el camino hacia la verdad. Temí que no. Llevaba el cabello muy corto y un traje claro de lino color maíz, bastante ajado, sobre una camisa celeste. Olía a agua de colonia cara. A veces se sacaba los anteojos, unos anteojos con marcos gruesos y oscuros; excesivamente gruesos, excesivamente oscuros para una cara tan pequeña y afilada, y los limpiaba cuidadosamente, fijando sobre mí sus ojos penetrantes, o me pareció a mí que eran penetrantes, no sé si por el esfuerzo de abarcarlo todo o por la fijeza con que me miraban. Son cosas que a una se le ponen, vaya a saber por qué.
No, no me pida una cronología. Fechas y horas son imposibles de retener en ese lugar donde todo pasa como fuera de la existencia. Allí no hay relojes, señor, ni almanaques. El único reloj que tenemos es nuestro organismo, infalible a la hora de las necesidades, aunque, de vez en cuando, créame, ni eso. Porque hasta el cuerpo nos traiciona y deja de enviar señales ciertas. Y así es que nos equivocamos y aparecemos como indeseables. ¿Por qué? No me lo pregunte: es evidente que despertamos cierto recelo, cierta desconfianza. Si no, dígame, ¿por qué el rechazo, el confinamiento? A lo mejor, algo de razón tengan los que así nos tildan porque los años van...cómo le diré... acumulando, apilando frustraciones, y a medida que transcurren, la escasez y lo improbable son la regla, y la malicia su consecuencia. Quizá no lo tenga usted tan claro porque es un hombre joven y los jóvenes de estas cosas no saben nada ni quieren saber. Y hacen bien: para qué adelantarse. Si hay algo que nos hace infelices es tener la mente puesta en el día de mañana, ¿no? El día de mañana va a llegar, inexorablemente va a llegar. Es inútil y hasta perjudicial adelantarse. Dirá usted que esta postura descree de la posibilidad de soñar. No, soñar es otra cosa, soñar despierto es vivir otras vidas que nunca viviremos. Pero como le decía, los viejos somos una bomba a punto de estallar, por esto de la acumulación, y ellos no lo comprendieron. Ellos, los dueños y sus secuaces, ¿quiénes sino?, que jugaban con la espoleta del explosivo como un niño desprevenido juega con fuego. Aunque no es del todo correcta esta comparación, porque en ese juego del que hablo no había rastros de inocencia.
Ese lugar sin nombre en el que estamos recluídos tiene acceso por una puerta cancel estrecha, pintada de verde, con dos postigos de vidrio esmerilado, cerrados para siempre. Sí, ya sé que usted conoce. Pero déjeme que insista con la descripción para ponerle algo de orden a lo que le cuento. Una puerta insignificante, sin duda, para los que pasan por allí. Nadie puede, frente a tanta insignificancia: no hay letreros ni chapas identificatorias, imaginar que dentro vive alguien, qué digo alguien, nada menos que veinte viejos esperando lo peor. A la entrada estrecha le sigue un pasillo largo, insoportablemente oscuro, que desemboca en un hall de distribución: el escritorio del doctor Ibáñez, la habitación de fármacos, la sala del televisor, la guardia, y una biblioteca que nadie pisa, libros bajo llave. ¿Puede imaginar una cosa como esa? ¿No me cree?... Desde el hall, a través de una puerta mampara, se accede al primer patio. El primer patio tiene en el centro un limonero, un ejemplar único que da limones magníficos todo el año, y algunos maceteros abandonados, llenos de yuyos. De un lado hay siete habitaciones, el ala izquierda como le decimos; del otro, siete más, el ala derecha. En ellas vivimos nosotros, los residentes, de a dos, de a tres, de a cuatro también, según la demanda que es mucha. Grande la casa, sí. El segundo patio con los baños y la cocina llega hasta el corazón de la manzana. Grande sí, de las de antes, ¿vio?, con paredes gruesas y techos altísimos. Bastante venida a menos y muy fría en invierno, todo por esa parra que cubre el patio, tupida y húmeda, por la que el sol no entra. En verano se soporta mejor, pero las ventanas chicas y enrejadas, a tanta distancia del suelo, vuelven el aire escaso. Nada que ver con lo que decía el diario en sus anuncios: “Residencia amplia y confortable”. “Un verdadero hogar”. ¿Qué hogar? El hogar no es eso. El hogar es el espacio donde una siente que cada cosa ha encontrado acomodo y los propios huesos un refugio. “Ellos nos mienten pero nosotros les creemos”, escribió Marta sobre las paredes, algunas semanas antes de que sucediera lo que sucedió. Pero me estoy yendo por las ramas... Eso ya se lo contaré más adelante.
Los residentes éramos –hablo en pasado por los que ya no están- un grupo abigarrado con un denominador común: estábamos completamente solos y, los más, condenados a jubilaciones o pensiones de mala muerte, que cobra mes a mes el doctor Ibáñez con los poderes que firmamos con certificación de escribano público antes de ingresar. Había de todo lo que usted se pueda imaginar, y, por eso mismo, le costará entender la transformación que sufrimos: ferroviarios, profesores, funcionarios, carniceros; un carnicero: Castillo, y una bibliotecaria: yo misma. Maestras, secretarias, muchas mujeres porque las mujeres, se sabe, aguantan más que los hombres. Eso dicen. Y aparte de que a todos nos faltaban los seres queridos teníamos, en común, la edad. Es increíble cómo une eso de compartir algunos recuerdos. La sola mención de una película, de una canción, de un acontecimiento vivido por todos, disparaba un montón de historias que nos hacían reír y nos hacían llorar también. Por ejemplo, a todos nos gustaba el tango, la mayoría había visto muchas películas argentinas, quien más quien menos había participado en los carnavales del Parque Sarmiento. Sin mencionar el hecho de tener clara conciencia de que ahora estábamos excluídos del mundo.

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