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Fragmentos de la Obra
 
  Fragmentos del libro Decamerón Cordobés
Libro Tres "De los crímenes"


La muerte más íntima
, o de cómo un oscuro vecino de barrio Guemes logró superar la “aporía de morir” y dar testimonio.

Las circunstancias mandan. Es así. No hay vuelta de hoja. Lo digo porque si hay algo que no hubiera imaginado era que podía, alguna vez, convertirme en uno de esos tipos de impermeables húmedos, lentes ahumados y gesto adusto. La de detective nunca se me antojó una profesión real y mucho menos, decente. Se me daba por pensar, hasta ahora, que la investigación de delitos, crímenes, desaguisados o fechorías pertenecía más a la ficción que a la realidad y que, en todo caso, quienes la ejercían, por roce o contagio, más temprano que tarde se contaminaban. Sin embargo, aquí estoy, convertido en uno de esos personajes oscuros y taciturnos que he visto cientos, miles de veces, en la pantalla del cine o la televisión, dispuesto a desentrañar quién fue el que descerrajó el balazo que se incrustó en mi sien derecha sin orificio de salida, haciendo añicos huesos, cartílagos, venas, arterias, tejido blando, materia gris, y me descolgó, metafóricamente, del árbol de la vida como a una manzana podrida.
Yo podría vivir mi muerte tan discretamente como viví mi vida, dedicado a la reparación de violines. Pero, como se comprenderá, mal puedo mantenerme indiferente o escéptico frente a un acontecimiento a mano airada, que me toca tan de cerca y que vino a cambiar mis planes de cabo a rabo.
Para ser sincero, a mi vida la tenía planificada, y esta planificación se asentaba en tres principios inamovibles: sería soltero, mantendría viva la esperanza de poseer, sin importar los medios, un Guarnerius o un Stradivarius y, por fin, haría del ocio mi religión. Como se verá, cada uno de estos objetivos se complementa con el otro. De ahí en más, todo lo que sobreviniera lo dejaba en manos de la suerte.
Desde muy niño, mi madre descubrió en mí la afición por la música y sacrificó su vida y mi infancia en aras de convertirme en un concertista de violín. Primero anotándome en un curso del Método Suzuki y, a partir de los doce, en el Conservatorio Provincial; después, forzándome a practicar encerrado en mi pieza, mientras en la plaza mi amigo, el Colorado, metía goles que eran una pinturita. Con el tiempo, mi voluntad se fue agotando, mi disposición de ánimo flaqueaba, y mi debilidad de carácter, según mi progenitora, me hacía cada vez menos confiable para empresas de envergadura. El día que cumplí veinte años resolví y le anuncié, después de mucho dudar, que no estaba dispuesto a vender mi alma al diablo como Paganini, que abandonaba la ejecución del violín e instalaba mi taller de restaurador en el galpón del fondo de nuestra casita de barrio Güemes. Reconozco que mi madre –que reaccionó con gritos como para despertar a los muertos, sobre todo a mi padre que, según ella, descansaba muy campante en su tumba- tenía derecho a pensar, en aquel momento, que la mía era una traición abominable y que su vida, inútilmente malgastada en el imbécil que yo era, había perdido todo sentido. Pero el asunto aquel fue más allá, adquirió una desmesura increíble y la tuvo durante años al borde del infarto. La acechanza se esfumó sólo cuando pudo dejar de rumiar su decepción y hacer ostensible la repulsión que yo le causaba. El obstinado silencio en el que se encerró, nunca me permitió explicarle que la voluntad no puede reemplazar al talento, que yo carecía de la aptitud necesaria y que lo que ella había visto en mí no era más que el reflejo de sus sueños y mi natural deseo de agradarle. La música es lo más importante para mí, no lo niego, pero no como intérprete sino como diletante: un abismo que mi madre no supo ver, ni, por ende, medir. Dicho sea de paso, amo con pasión la Toccata y Fuga en re menor, de Bach y el Concierto para violín y orquesta N° 3, de Mozart.
Hasta el día del suceso que me arrancó la vida y cuyo autor me empeño en descubrir, ni me miraba o fijaba en mí sus ojos fríos llenos de desprecio. Al levantarse cada mañana, encendía la radio a todo volumen hasta hacer desaparecer el Preludio de la Partita N° 3. Los locutores de la Cadena 3, Mario y Blanquita, la acompañaban, le dictaban recetas de cocina, le cantaban los números de la quiniela, le comunicaban la fecha del cobro de la pensión y le pasaban La barca por Antonio Prieto. A la tarde, sin cambiar el dial, hablaba con Rony Vargas, de quien estaba fanáticamente enamorada. El resto del día andaba por la casa con aires de mártir y se limitaba a dejarme sobre la mesa de la cocina el almuerzo y la cena, a lavar mi ropa, a tender mi cama. Y cuando, por ejemplo, necesitaba pedirme dinero para las compras o avisarme que se había roto el flotador del inodoro o que se había quemado la plancha; es decir, cuando comunicarse conmigo se le hacía imprescindible, pegaba una nota breve y cortante en el espejo del botiquín donde no podía dejar de verla por la mañana al afeitarme. Pedíselo a Rony Vargas, decía yo en voz alta para asegurarme de que escuchara, para terminar, por supuesto, haciendo lo que me pedía ya que, según rezongaba a menudo, yo vivía de jeta o al pedo. Mi madre no era de decir malas palabras, pero cuando su repugnancia la rebasaba, se convertía en una verdadera cloaca.
Esa noche, a la de mi muerte me refiero, me había refugiado en mi taller, alterado como tantas otras veces, tratando de escapar a la náusea que el mundo me provocaba y al rencor de mi vieja que, a medida que pasaban los años, no envejecía con ella sino que se iba pareciendo, por su intensidad creciente, al odio.
Si mi trabajo de detective ha de ser serio, riguroso, casi científico como pretendo, debo pensar y sopesar, mal que me pese, que mi madre, la última vez que la vi, deseaba mi extinción o, por lo menos, que le desalojara de una buena vez la pieza del fondo. Es así que, hoy por hoy, mi madre integra la lista de los sospechosos. Para no evadir ninguna responsabilidad que pudiera corresponderme -mi nueva condición no me lo permitiría- diré que a este asunto de mi madre no supe manejarlo bien. Creo que nunca la vi como a una mujer y, por lo tanto, desestimé hasta la imprudencia su propensión a sentirse insatisfecha y no olvidar.
Nunca me casé. Por una cuestión de principios, según ya dije y, también, por liso y llano instinto de conservación. Me explico: mi madre hubiera trasladado su resentimiento hacia cualquier mujer que yo trajera a la casa o, en el mejor de los casos, la hubiera convertido en su cómplice, con lo que el maltrato del que era objeto, de una forma u otra se hubiera duplicado. Claro que tuve mis amoríos como cualquier hombre y confieso que, en las épocas de mayor abatimiento y sensación de fracaso, fui decididamente promiscuo. Salía por las noches después de encolar el último violín, me emborrachaba en el bar de la otra cuadra y callejeaba, las manos en los bolsillos, silbando bajito y pateando piedras, hasta cazar mi presa. Putas por lo general, que vienen como anillo al dedo para quien quiere persistir en su soledad: entrenadas, discretas, silenciosas, sin más pretensiones que un pago justo. Después de desfogarme, volvía a la casita de barrio Güemes, más abatido, más fracasado, a mirar la televisión o a dormir hasta el otro día, siempre y cuando los ronquidos de mi madre, que parecían bufidos de animal salvaje, me lo permitieran. Es que si bien el sexo era para mí sinónimo de felicidad, de la única felicidad posible, su irremediable brevedad me acongojaba hasta el llanto.
Hasta que conocí a Celeste. Mi segunda sospechosa en la lista, como autora, o mentora al menos, del estado en el que me encuentro: despojado del cuerpo, soy todo pensamiento, todo idea.
Celeste es delgada y alta, tiene unas piernas largas, pálidas, perfectas, una nariz como dibujada, una boca tierna y carnosa, por la que cualquier hombre estaría dispuesto a morir o matar, y unos ojos claros, no de cielo sino de agua, que a pesar de haber visto tanto, no han perdido la inocencia o su fachada. Sólo cuando se enoja, el agua de los ojos de Celeste se enturbia como si alguien hubiera removido un charco con un palo. Nos encariñamos a tal punto que nos hicimos la promesa de que trabajaría sólo para mí y de que yo no la reemplazaría por otra, ni siquiera en su ausencia, aunque anduviera con ganas. A pesar de que le pagaba bien la exclusividad, que de algo tenía que vivir, argumentaba, siempre me hizo saber que ya no le podía llamar trabajo a lo que hacía conmigo, que lo que hacía conmigo era puro gusto, y me ofrecía su boca y su lengua en prueba de lo que decía, y su boca era, lo repito, para matar o morir.
Unos días antes de mi muerte, no más de quince, Celeste cambió su actitud, se puso arisca, distante, dejó de ofrecerme la boca, aumentó la tarifa, y contaba uno por uno los billetes que le daba, antes de guardárselos en el corpiño. Creo que todo empezó cuando se le metió en la cabeza que la llevara a ver a la Mona Jimenez en La Vieja Usina. Ahora vas a saber lo que es un cuarteto de verdad, dijo la muy turra, mofándose de mi afición por Haydn. De bailar, ni hablemos, ¿estamos?, accedí. Estamos, asintió ella y me besó. Es que si hay algo que no soporto, además de esa música execrable, es bailar. Soy un palo de escoba y me mata la vergüenza. Ya bastante sacrificio para un tipo tan sensible como yo, el de llevarla a ese lugar donde no puede dejar de asomar mi escepticismo ante el espectáculo de la mediocridad humana.
Siempre hay un día que es el principio del fin, pienso ahora. Y yo estaba viviéndolo sin que nada me lo anunciara, por lo menos no intuí que el fastidio, el malestar asentado en la boca de mi estómago pudieran constituir una señal.
Después de tres horas de la fila más oprobiosa que he hecho en mi vida, entre un gentío sudoroso y frenético, logramos llegar hasta la entrada. Celeste iba colgada de mi brazo, tan colgada iba y tan apretujada, que la pollerita roja, de escasos quince centímetros de largo, se le había arrollado a la cintura y dejaba al descubierto sus largas piernas enfundadas en medias de malla negras. El tipo que recibía los boletos era un gigante con cara de niño que me hizo acordar a Ringo Bonavena. ¿Quién es Ringo Bonavena?, preguntó Celeste, pero antes de que pudiera contestarle, el ropero ya había calzado su manopla en mi hombro derecho, me sacudía muerto de la risa y, Podés irte a casa, la nena se cuida sola, papá, dijo entre carcajadas. Estaba por pedirle que repitiera lo que había dicho, cuando Celeste, previo mohín y pestañeo al oso, No hagás quilombo, pidió y me entró prácticamente a los empujones. Si alguien puede ponerse en mi lugar, que me diga cómo se hace, después de este bochorno, para no contestarle a una mujer que no tiene el más mínimo sentido de la oportunidad, Ni en pedo, cuando te pregunta si se puede mudar con vos.
A partir de entonces Celeste cambió. No sólo me negaba la boca sino que casi nunca estaba cuando pasaba a buscarla. Se le dio por jugar a las escondidas. La tarde de mi muerte decidí poner las cosas en claro con Celeste: si lo que quería era mudarse a mi casa, que se mudara, eso sí, de casarnos ni hablar. Salí a buscarla bastante bien dispuesto conmigo mismo y con la vida en general, tratando de no darle importancia al hecho de que minutos antes había sorprendido a mi madre escupiendo dentro de mi taza de café. Pero hacía un calor de cuarenta grados a la sombra y al llegar, la dueña de la pensión me anunció casi a los gritos, Celeste salió con un grandote que parece el hijo de Bonavena. No me quedó más que calentarme, perdí la razón, me cegué, me metí en la pieza de Celeste y le rompí todo, desde los corpiñitos de encaje fucsia hasta la pantera rosa que yo mismo le había comprado el domingo anterior en el Parque Sarmiento. Cuando llegó, yo todavía estaba allí, en medio del desastre. Me adelanté unos pasos y le cerré de un puñetazo los ojos desorbitados y turbios como el barro; después prometí volver por más. Tengo quien me defienda, gritó ella llorando desde el suelo antes de que yo desapareciera. No sé si las manos minúsculas de Celeste son capaces de empuñar un arma, lo que sí sé es que el tal Ringo, tercero en mi lista, como yo, o como cualquier otro tipo, sería capaz de matar por un beso de su boca. O de morir.
Cuando volví a mi casa era noche cerrada y el calor no había cedido, mordía aún, implacable parecía haberse condensado sobre la ciudad y allí aguardar latente la tormenta que no alcancé a ver llegar. Mi madre mugía en su cama. A veces, el mugido se acallaba para volver a empezar más potente. Me metí en el taller, me senté, puse la cabeza entre las manos y la volqué, literalmente, sobre la mesa donde se secaba un violín desde la mañana. Un violín ordinario, de fabricación china, con una cabeza de dragón reemplazando a la voluta. Lo último que vi fue una cucaracha castaña que se adentraba en su alma y desaparecía.
Pasó una media hora o más -no estaba en condiciones de medir el tiempo- y yo seguía en la misma posición, sin moverme. No oí pasos ni otros ruidos que me alertaran, ni perros que ladraran; sólo el estampido del disparo que vino a incrustarse en mi sien derecha.
Convertido en detective por fuerza de las circunstancias, me propongo desentrañar la trama de mi muerte y develar la identidad del asesino. No me guía un sentimiento de venganza. En mi nueva situación no caben los sentimientos ni las sensaciones.
A mi entierro vino casi todo el vecindario, por no decir todo, y algunos clientes también, pero mi atención, como es lógico, se centró en los tres sospechosos. Mi madre no derramó una lágrima; eso sí, se ató los ruleros en la peluquería y se puso el trajecito de lino color mostaza que usa para ir al cine con sus amigas. Toda una delicadeza de su parte. Celeste apareció detrás de unos lentes negros, no para tapar las hinchazones del llanto sino los ojos en compota. Ringo, a pocos pasos, la esperaba con impaciencia.
Quiero aclarar que yo no estaba apegado a la vida y que más de una vez pensé en quitármela, sobre todo cuando sobrevenía la angustia. De pronto bajaba sobre mí como una densa bruma; un paso en falso me plantaba, sin causa aparente, en un desierto infinito, inhóspito, inhabitable, más de cenizas que de arena, donde yo, único ser vivo, respiraba a duras penas un aire compacto y duro. Entonces imaginaba mi muerte como el único alivio. Todo mi pensamiento se reducía a planear cómo y dónde ejecutaría el acto más trascendente de mi vida. Y esta obsesión, aunque parezca mentira, me ponía de nuevo en los trajines del mundo, y posponía el intento una y otra vez. Por eso no aguanto que los forenses hayan dictaminado que mi manía depresiva, la posición en la que me encontraron, los restos de pólvora en mi mano derecha y la dirección de la bala, no dejan dudas de que fui mi verdugo. Ni aguanto que el fiscal, llevado de las narices por esta sarta de errores, admitiera las coartadas de mi madre, de Celeste y de Ringo, y haya caratulado mi causa como suicidio.
Pero no hay apuro. Tengo la eternidad por delante para que la verdad, finalmente, hable.

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