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Fragmentos de la Obra
 
  Fragmentos del libro Bajo siete llaves

Juan Cruz le decían a Lito

“Lo que entra en el mundo...ya no vuelve a salir”
Juan José Saer


Matías no puede creer que no lo verá a Lito nunca más. La palabra “nunca” es tan inmensa que lo marea. ¿Y ahora qué va a hacer él? ¿Cómo va a hacer él mañana cuando pase por la casa de Lito y Lito no esté? ¿Y el colegio sin Lito? El más alto. El más flaco. El mejor. ¿Por qué Lito? Y Matías se pregunta si los muertos oyen. ¿Cómo es estar muerto?, se pregunta.
¡Juan Cruz!, se oye a la madre. Juan Cruz le decía la madre a Lito. ¡Me lo mataron!, llora, y se le aflojan las piernas, y no se cae porque dos primos de Lito la sostienen.
El padre tiene los puños cerrados, los dientes de arriba hincados en el labio de abajo, los ojos rojos. Matías imagina que el llanto que no le sale al padre de Lito, lo moja como el chorro de una fuente, hacia adentro.
Matías busca a su madre entre los demás. Allí está, llorando también, negando con la cabeza lo que es pero parece imposible. Matías imagina que lo llora a él. Por un momento, él es el muerto. Después viene la convulsión. Después las lágrimas.
Ahora Matías mira para todos lados. ¿Qué hace el Chato aquí con la cabeza baja? Si ayer mismo lo mandó al Lito a la mierda ¿Y la Cande? ¿Vino la Cande? ¿Y ese perro?
Un perro se ha metido entre los que despiden a Lito y se balancea sobre una pata, mientras la otra se agita en el aire sin asentarse nunca, fijos los ojos lagañosos en la fosa abierta.
Matías no se ha arrimado a la madre de Lito todavía. No la ha besado.Tiene miedo de que ella se le eche encima y no lo suelte, de que lo estruje, y de que los dos así, uno contra el otro, ardan como una fogata. No la quiere ni mirar. No vaya a ser que se lo lleve a su casa después, y lo meta en la pieza de Lito donde cuelga en la pared el poster de Batistuta gritando goool, los pelos hacia atrás. ¿Y si se le da por regalarle el poster? Y sí, ¿a quién si no? Al Chato nunca. El Chato ya no va a poder dormir del arrepentimiento. Cada vez que el Chato cierre los ojos lo va a ver al Lito tirado en la calle con un balazo en la pierna derecha y otro en el centro del pecho. Descalzo.
“Por unas zapatillas que no valían nada”, ha dicho la mamá de Matías, y Matías no le ha dicho que sí, que valían, y mucho. Que las zapatillas y el poster del Bati y la Cande, eran todo lo que el Lito quería.
Se le encoge el estómago cuando bajan el cajón a la fosa donde el perro, con una pata arañando el aire, sigue asomado. El padre de Lito abre los puños por primera vez y deja caer un poco de tierra. Ese ruido es el único ruido hasta que se oye el aullido de la madre que aumenta y se prolonga y no acaba.

Matías y los demás vuelven en silencio. Sólo los pasos suenan, cansados, como los de una caravana que atraviesa el desierto. La madre de Lito se deja arrastrar. El padre ha vuelto a cerrar los puños, porque Lito no se murió, lo mataron.

El perro se le pega a Matías, le roza los pantalones. Es un lindo perro. El pelo marrón y lacio y lustroso, los ojos tristes y las orejas caídas.
-Fuera picho – dice Matías. Aunque hubiera querido tocarlo, detenerse en esa boca entreabierta que parece querer hablar, y en la lengua palpitante. Pero no es momento.
-Fuera picho –repite Matías.
Pero el perro lo sigue nomás, recorre con él, renqueando, como si lo conociera bien, el camino de regreso.
Matías siente cada vez más cerca el aliento obstinado del perro en las piernas, la humedad del hocico sobre los talones, los colmillos inofensivos en los cordones de las zapatillas. Y ve que de la herida en la pata, que lo obliga a cojear, todavía sale sangre. Le tira un puntapié, pero sólo porque no quiere que el perro lo distraiga de la muerte de Lito. El perro lanza un quejido, lo mira con fijeza, se aleja un poco como flotando y vuelve a seguirlo.
Matías finalmente, lo hace entrar a la casa. Cuando el perro se echa sobre la alfombra, ya tranquilo, ya desprevenido, le acaricia la pata destrozada y desliza su mano llena de miedo por el pelaje, entre algunas costras, hacia la altura del corazón, buscando el hueco de la bala asesina.

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